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El último modelista

Vicente Secades García: el último modelista.

 

Con la lija y el cepillo

Mis primeros encuentros con la madera fueron de la mano de Arcadio Tirador, hermano de Braulio, que tenia una de carpintería. El local se encontraba yendo por el camino, entre la relojería de Bernal y la Farmacia de Avelino Losa, subiendo hacia Villabazal. Allí teníamos el taller. Bueno, era una cosa humilde, una gran chabola, sin maquinaria. Herramienta sí, pero todo a mano. Yo tenía doce años y ayudaba en lo que me pedía Arcadio. Él solía salir de la Empresa a las cinco de la tarde y allí estabamos trabajando hasta las nueve. Hacíamos de todo. Encargos de habitaciones, mesas, etc… Lo primero que aprendí, casi todo, fue con él.

No había ido al colegio y las pocas clases particulares que tuve las hice en Cabojal con Concha Bernal. El tema de las escuelas y de cómo se hacía la selección para entrar en el colegio de Los Frailes lo tengo bien claro porque lo viví a mis expensas. ¡Tiempos de gran injusticia y de arbitrariedad! La prioridad, no sé si la exclusividad, la tenían los hijos de los mineros que trabajaban para la Empresa.  Funcionaban los “enchufes politicos” y también entrabas si tenías amistades con “buenas relaciones”.  Los antecedentes de mi padre, de izquierdas de toda la vida y además con pasado en la cárcel e incluso condenado a muerte, no ayudaron. Eso le marcó a él y a toda la familia para siempre.  Vista la situación, pues nada de escuela. A los doce ya me tocó aprender el oficio.  Dentro del infortunio siempre topas con gente buena, que echa una mano desinteresada. Tuve esa suerte. Cuando salía de la carpintería de Arcadio, a las nueve o las diez, iba a casa de Luis Erguín, capataz en los Espinos. Pasaba una hora con él aprendiendo lo básico: leer, escribir y las cuatro la reglas fundamentales. Volvía a casa a las once de la noche muy satisfecho del trabajo manual y de todo lo nuevo que había aprendido.

Con Arcadio estuve ocho años. Me enseñaba todas las facetas del buen carpintero pero no me pagaba nada porque estaba aprendiendo. Al principio lo mío era lijar y cepillar. Iba a la carpinteria a las cinco cuando llegaba él de su trabajo. Poco a poco empecé a saber hacer algunes cosines y ya me dejaba él tarea para realizar. Algunos domingos por la mañana, hasta las doce, solíamos ir a limpiar el taller, a quitar toda la viruta acumulada. Un trabajo por el que recibía una peseta. Con eso ya me podia permitir el cine y comprar unes ablanes. Y así de domingo a domingo, peseta a peseta. Trabajar, trabajé lo mío…muchísimo. Incluso estuve de pinche en la librería de Faustino Secades que, aunque con el mismo apellido, no era de nuestra familia. Tenía una tienda bastante grande en La Veguina, en el local que es hoy el taller del pintor Varela.

 

Habitación de muñecas

Mi primer proyecto personal fue lo que hoy llamaríamos una habitación de muñecas. Tenía dieciocho años, un año antes de entrar en la Empresa. Seguía aprendiendo con Arcadio y decidí presentarme a una exposición concurso, en Mieres, con una habitación miniatura que aún conserva la familia. El diploma que tengo entre mis papeles me recordará para siempre el trapicheo de la política, en un tiempo en que no se podía opinar.  El fallo del jurado me daba el primer premio pero como los del Movimiento y del Frente de Juventudes, con un conocido representante turonés a la cabeza, sabían el pasado de mi padre, me lo quitaron. Gané moralmente el concurso pero el día de la entrega dejaron desierto el primer puesto, por vergüenza seguramente y me dieron diploma y quinientas pesetas.

Me acuerdo perfectamente de aquel acto. Fue, para mí, una mezcla de orgullo por mi trabajo y de rabia y humillación por el tratamiento. Llamaron a los premiados para que tomaran asiento en la primera fila.  Saludé con un “buenos días” que no le pareció suficiente a la Presidencia.  “Eso no es un saludo. Se Saluda con un ¡Arriba España! ¡Viva Franco!”, dijo alguien. Además de injusticia, humillación. No tuve otra opción. Nada más recibir el galardón, lleno de rabia, quise salir pero no me dejaron.  Al día siguiente volví a buscar la habitación y allí me encontré con el feje de Juventudes y el Delegado. Me propusieron llevar mi obra a la exposición nacional de Madrid. Me atreví y me negué, diciendo que ya que no había merecido el primer premio mi habitación no iría a ningún sitio más. El Delegado que había venido de Burgos intentó convencerme de vendérsela para su hija. Asqueado insistí en que ni la regalaba, ni la vendía. Con esa habitación quedará para siempre esa parte del amargo recuerdo de los abusos de los que éramos víctima.

 

Desde África hasta La Cuadriella

El paréntesis de la Mili lo pasé en África del Norte: tres meses en Tetuán y trece en Ceuta. Fue un servicio militar atípico pero vinculado con mi formación de carpintero-ebanista. No juré bandera porque estuve todo el tiempo en el gobierno militar y no sabía hacer la instrucción. Al llegar a Tetuán, me hicieron una prueba e inmediatamente me mandaron para la carpintería. Cuando tocaba hacer la instrucción, yo estaba en la carpintería trabajando para los jefes. El capitán era un paisano nuestro, Jamín Malaje. Tenía un hermano en Larache que me quería de asistente pero pudo más un cabo del gobierno militar de Ceuta, Ché, un turonés, casado con Lola la de Quiroga. Como se había licenciado el que estaba de carpintero, me quedé ocupando el puesto y allí estuve hasta el final del servicio. Reparaba muebles y cerraduras, hacía mesas, sillas…trabajaba para los jefes. 

La carpintería de La Cuadriella, que era lo que me atraía, quedaba exactamente enfrente de mi casa y en ella trabajaban Juan Antonio Lois, Arcadio Tirador, Rubiera, de los Cuarteles, Tomillo. El jefe era el padre de Arcadio Tirador. De guaje yo solía acercarme al edificio porque tenía un hermanu que trabajaba allí. Tendría unos nueve años. Como pasaba a menudo, veía la actividad de los carpinteros y sobre todo cómo hacían la cola. Era con “carnaza”, al baño María. Esa actividad llevaba tiempo y un crío como yo podia ayudar sin ningún problema. No hacía falta más que revolver en aquel pote que estaba sobre el fuego, al exterior de la carpintería.  Así es que cuando veía que la estaban preparando corría a ayudarles y me dejaban echar una mano. De pequeño, yo estaba siempre alrededor del grupo de carpinteros 

Empecé en la Empresa a los diecinueve años, en el año 1947, ganando dos mil pesetas. Aunque quería ir lógicamente para la carpintería, tuve que pasar primero por el taller mecánico.  Estaba situado en Lago enfrente de la cuadra de las mulas. Era donde se reparaban los vagones. Pero al final fue una aventura muy corta, dos meses.  Necesitaban alguien abajo, en La Cuadriella, porque había caido enfermo el modelista y no tenia ni ayudante. Así fue cómo llegué al taller de la Cuadriella, situado donde Urueña actualmente, mientras estaba de baja el titular.

Trabajo había bastante porque además de los modelos también había que suplir y a veces en cantidad con mangos para los martillos, para la herramienta del taller, les porres, caballetes, etc… Los conocimentos adquiridos con Arcadio me permitían realizar todos los trabajos relacionados con la madera. Todo menos los modelos cuya técnica aún no sabía. Cuando volvió el modelista, Manolo el Quirosanu, un vecino de San José, empecé mi formación. Era un aprendizaje gota a gota, seguramente para que no supiese todo como él.  

 

Modelista de primera

El papel del modelista era muy importante: saber leer los planos entregados por el capataz o el ingeniero y al mismo tiempo tener una vision clara de la pieza fundida, pensarlo todo en forma “concavida”. Eso siempre me apasionó. Un desafío con cada proyecto. En los talleres, aquí en La Cuadriella, se fundía el bronze, las otros materiales como el hierro o el acero se mandaba realizar en Gijón, en Trubia o incluso en Mieres en Aguínaco.

A su jubilación quedé yo como único modelista. Sin embargo, seguí sin ascender a primera categoría a pesar de estar haciendo el trabajo que correspondía. Mi padre había trabajado en el taller y Arias que era su jefe discrepaba de sus ideas políticas. Se instaló pues como una rencilla que siguió incluso después de la muerte de mi padre. Algo recayó sobre mí. Lo que significaba concretamente que no me quería ascender a oficial de primera.  Eso fue sin contar con mi tenacidad. Decidí hablar con el ingeniero que venía todos los días a controlar la obra. Aunque sabía que había que introducir una solicitud para poder hablar con ellos, un día le esperé y cuando pasaba delante de la carpintería, donde nunca había estado, le dije que necesitaba hablar con él sobre el trabajo de modelista que estaba haciendo.

Sorprendido por mi petición, entró en la carpintería y vio las estanterías llenas con todos modelos de las piezas realizadas. Allí estaban ordenados, numerados con una chapa y listados en una libreta para poder en todo momento volver a fundir la pieza necesaria. Quedó muy impresionado de saber que era yo el que hacía estas piezas de madera a partir de los planos recibidos. Le dije que efectivamente lo hacía yo desde que se había retirado el modelista y que a pesar de todo seguía de oficial de tercera. Le expliqué dónde estaba el obstáculo y prometió hablar con el jefe para que pasase a oficial de primera a partir de primeros de mes. Después de marchar el ingeniero vino Arias a decirme que le había propuesto al ingeniero mi ascenso de categoría. Sin comentarios. Yo sabía la verdad.

 

La habitación Luis XV

Estuve cuarenta años trabajando allí. Arias, el jefe, tenía una fabriquina  en Figaredo y su hija Marisa estaba casada con César del Visu. Era una época en la que los jefes hacían y mandaban como les daba la gana. Te pedían trabajo personal sin ningún escrúpulo. Reparaciones y muebles caseros te lo pedían a menudo. Me acuerdo de una anécdota en la que Marisa había querido que le hiciese yo personalmente un armario en casa. El padre que me boicoteaba bastante, por razones partidistas, quiso enviar a Manolo pero ella insistió en que fuese Secades. Terminó convenciendo a su padre que yo era el que convenía mejor.

Pero también me tocaba a veces restaurar piezas raras. Me acuerdo del encargo de Paco el médico.  Era una habitación Luis XV de nogal que su mujer había heredado de la bisabuela. La verdad es que estaba bastante apolillada y costaba mucho trabajo arreglarla. Ante el empeño que tenían tuve que quitar piezas, poner partes nuevas. Trabajé mucho para ellos y también para la familia Scheredre.

Yo seguía sin embargo en el taller mecánico aunque hubiese que hacer las piezas de madera. La verdad sea dicha, los carpinteros hacían y servían para todo, desde lo que había que hacer directamente para las labores mineras, muebles para la casa de baños, mostradores, muebles de oficina, hasta reparar casas, ventanas y tejados, hacer muebles para los ingenieros, etc…  Había como unas treinta personas trabajando en la carpintería y cuatro o cinco ebanistas. Podíamos trabajar en el propio taller o estar reparando fuera. La Empresa también tenia equipos de caldereros y fontaneros. Eran años de gran producción y el trabajo no faltaba.

Me jubilé a falta de cuatro años porque al ponerme un marcapasos ya no podia coger pesos. Me quisieron colocar en la oficina para recoger los encargos de otros grupos. Pero estar allí horas muertas esperando una llamada  no iba con mi personalidad. Me jubilé pues de enfermedad. Después de mi jubilación ya no se hicieron más modelos en Turón.

A mí lo que realmente me gustaba era la ebanistería. Tengo muebles míos por todos los sitios: Oviedo,Gijón, Madrid, … Mi casa está llena de obras hechas por mi, en la chabola-taller al lado de casa y que ya tenía mi hermano. En mis horas de ocio seguí trabajando la madera, verdadera pasión de mi vida. Trabajar el roble, el castaño con la yuda de formones, siempre me pareció una actividad más noble que transformar el metal.

 

Del altar a la minería

Antiguamente donde está situada la iglesia de Santa Bárbara, había un almacén de hierro, donde guardaban todas las piezas fundidas.  Desde allí se despachaba para las minas y los grupos. Se quitó el almacén y la Empresa decidió la construcción de la iglesia. Una obra en la que colaboraron los canteros de Turón, Manuel Canabal, José Castro Vilaboa y Rosete de Lago. La piedra venía de arriba, de Urbiés, de la cantera que regentaba Bernardino Faes que también trabajaba en la Empresa. El edificio fue inaugurado en 1949.

En 1986, Hunosa me encargó el nuevo altar de la iglesia. ¡La talla era lo mío también! Después de Vaticano II había que añadir un altar para poder decir la misa cara a los feligreses. El tradicional, se utilizaba de espaldas a la congregación. Aunque yo no era muy de iglesia, el pedido formaba parte de mi trabajo ya que pertenecía a la Empresa. Me dieron los bocetos y me encargué de darle forma. Quedé bastante satisfecho con el resultado. La parte frontal es muy bonita, con rosas y piedras incrustradas. El acabado, la pintura, los colores y la cruz dorada de escayola ya fue cosa de otros. En esa misma iglesia también me tocó realizar el arco que orna la virgen del altar principal y el mueble base del sagrario.  

En el monumento al minero, a la entrada del barrio San Francisco, obra del artista José Manuel Felix Magdalena, también intervine para ayudar con el acabado. Magdalena, que por aquel entonces trabajaba en las oficinas de Hunosa,fue el conceptor y realizador de la obra. Sin embargo la fundición presentaba un problema. Al ir unidos los dos mineros no se podía hacer todo junto. Había que separar los brazos. La escayola se rompía constantemente. Era necesario realizar las piezas estropeadas en madera para volver a fundirlas. Como yo era el único modelista se me pidió la colaboración. Así es cómo, modestamente, hay algo de mí en el ya histórico monumento de nuestro valle.

 

Catorce a bordo

Bárcena es mi mundo. Aquí nací, crecí, me casé, con veintidós años, y sigo viviendo feliz. Nunca salí de esta casa excepto cuando fui al servicio militar. Por eso la carpintería, los talleres, el lavadero y el vaivén de los trenes era lo habitual, el mundo que tuve siempre ante mí. Aquí vivió mi familia. La casa nueva, en la que estamos ahora, se hizo en el mismo solar en el que existía el edificio familiar.

Mi padre, Vicente Secades García, era de Lugones y trabajaba en el  Vasco de mecánico. Un día decidió venir a Turón, donde había mucha vida y gran actividad laboral. Entró, como tantos, en la Empresa y él, por su formación, en el Taller. Conoció a mi madre Rosa, hermana de la mujer de Manolín de San Andrés, yendo a hacer reparaciones en el pozu Santa Bárbara.

Cuando llegó al valle, estaba viudo y tenía siete hijos. Algunos de ellos ya eran bastante grandes. La hermana mayor, Marcela, era la madre de un personaje muy conocido y querido, gran fotógrafo del Valle, Pepín Baena. Pero también estaban Pepe, Leta , Manolo, Celesta, Luis, Rosa, Tino.  Con mi madre se añadieron cinco más: Francisco, Trini, Ramón, un servidor, el último, y uno que adoptaron que se llamaba Che y que trabajaba en la farmacia de Fernando.

¡Vaya animación! La casa era bastante grande, aunque no tanto como se podía esperar para tanta familia. En algunas habitaciones había tres camas.  Mis padres lucharon muchísimo por sacarnos adelante. La huerta, delante de casa, fue una gran ayuda. Trabajábamos en élla después del tajo, si no había reparaciones qué hacer fuera para ganar algunes pesetines más. Me acuerdo de haber hecho muchas estanterías y cajones para la masa en la panadería que había al lado de la farmacia de la Macaca. Reparábamos poleas, transmisiones, correas, etc… Para cualquier avería siempre acudía mi padre. Sin contar que los sábados y algunos domingos también eran días de reparaciones en los castilletes, como en La Rebaldana. No se limitaba a la obra de carpintería, también acompañaba a los caldereros.

 

¡Turón, Turón!

En mis recuerdos de Turón hay para todo. De pequeños teníamos pocos pasatiempos. Había dureza y algunos sufrimos repetidas injusticias. Como mi padre había estado preso íbamos a Auxilio Social a comer. El único dinero que yo sacaba de aquella, era la peseta que recibía de Arcadio. Mi hermano mayor, Francisco, fue el único que trabajaba antes de casarse. Todo estaba racionado. El pan iba prioritariamente para el que trabajaba. Luego vino la vida professional y las cosas mejoraron algo.  

La vida turonesa en pleno apogeo, aunque con sus dramas mineros, era una cosa extraordinaria. El valle repleto de habitantes. No había rincón vacío, ni chabola, ni cuadra, ni hórreo. Delante de mi casa, a simple vista, todo era actividad industrial: el cok que se hacía enfrente, los lavaderos del carbón, los trenes de vía ancha, la térmica de Hulleras de Turón con su chimenea. Me acuerdo del túnel hasta la térmica y el otro donde casa Carmina. Salía el agua caliente hacia los depósitos y el resto al río. No era una vista muy romántica ni un entorno muy ecológico pero traducía la intensa actividad del valle. Poco a poco esa imagen fue desapareciendo. Apenas queda como último testigo de todo aquello, la chabolina enfrente, al otro lado del río, donde estaban las bombas que alimentaban los tanques.

Este silencio de ahora es como un interminable final. El valle quedó estupendo, pero para la gente mayor. Ya desaparecieron afortunadamente los dramáticos accidentes. Ya no molestan las minas, el ruido y la suciedad. ¿Y ahora qué? Algunos bromean con el viejo chiste del muro para hacer un pantano en el valle… que además tampoco se necesitaría. La situación es muy fastidiada y lo será para la nueva generación de turoneses que nacen en un valle sin futuro. En el pasado llegaban de fuera, hoy la solución se encuentra fuera.

 

Entrevista realiza por Jorge Varela para www.elvalledeturon.net, Turón, enero 2015 © www.elvalledeturon.net