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Gelín Xamonda

LA XAMONDA,  EL COLLAU Y LA LLANA PUMAR

 

En realidad aunque me llamen Gelín Xamonda, yo nací en el Collau hace más de 85 años y Gelina en la Xamonda. Lo que pasa es que mis padres hicieron una casa en la Xamonda  porque mi güelu era de allí, mi güela de Laviana. Tenía yo diecisiete años cuando bajamos para abajo. Bueno, es una manera de hablar porque tampoco era como marchar para otro pueblo. Estaba uno muy cerca del otro.  La Xamonda eran tres o cuatro casas en la curva,  la mi madre, la que hicimos  cuando nos casamos, la de mi tío  Enrique, la de mi güela y otra que hizo un hermano mío.

El Collau era una maravilla. No teníamos ningún confort, sin agua, sin luz. Sin embargo había mucha gente en el pueblo, hasta ciento y pico vecinos. Celebrábamos una fiesta muy animada , sin santo y sin nada. Me acuerdo que hicimos una para festejar la llegada de la luz.   Ahora que hay comodidades y carretera no hay nadie. Bueno excepto los fines de semana cuando vienen algunos que compraron casa de campo. 

El pueblo tiene su encanto, su fuente, sus hórreos y un paseo muy agradable hasta el mirador que enfoca la vega de Urbiés. Al final, por la parte derecha, está Llana Pumar. Creo que está catalogado. Era algo aparte. Los vecinos quedaban lejos y básicamente era una familia con muchos  hijos, el tío José, los del Fuxu. Aquello se vació. En les Corraínes, un poco por encima de Llana vivía la familia de  Francisco Cono. Tenía muchos árboles frutales y una de las actividades del grupo de críos era ir a por  “piescos y bruseles”. De allí por un camín y el prau que está detrás vivió una tía mía, Maruja la de Otero y Otero.  En la Llosica que está un poco más aislada vivía un practicante madrileño cuya mujer tenía más miedo que el oso por aquella soledad. Ahora compró la finca un sobrino nuestro que vive allí. Mucho más arriba estaba el conocido prau Turnu que era de los de Pervaca. Allá  por encima de los Pozos, la Negría donde el Camperón de Cono, en el camino que lindaba para ir a Espines y Aller. Hoy ya no se puede llegar porque desapareció el camino y solo queda la senda que hicieron de Villandio hasta la Blaña. En el Collau, como en tantos pueblos en aquella época,  estaba todo lleno e incluso había chabolas habitadas. Por tener, teníamos vecinos de todos los rincones de España, aunque la mayoría eran gallegos y extremeños llegados para trabajar en la mina. La mayor parte de los que vivían en nuestra zona estaban en la Güeria o Fortuna.

A la hora de contar, de mi generación, hoy, quedan muy pocos. Uno de mi tiempo, oriundo de la Enverniza y casado con una del Collau, vive ahora en Mieres. Otro está por Cabañaquinta…. Los demás ya se fueron: Genaro, Mael, Paulino, Chuchu… Debo quedar yo solo.  Rememorando me doy cuenta que había también muches mozes: Gelita la de Florentino y una hermana, Mercedes, Guillermina, Carmina, Pilar, Conchita, Lina… Paro de contar porque había tanta juventud que olvidaré la mitad. Muchas veces andábamos medio descalzos pero qué bien lo pasábamos. Ya sé que el pasado siempre parece mejor pero creo que lo era.

 

DE FIESTA POR LOS PUEBLOS

Las fiestas eran la gran diversión de los pueblos. Nosotros acudíamos a las verbenas más cercanas al Collau:  San Blas en Villandio, el Carmen de San Andrés, los Remedios de Urbiés, la Güeria, San Justo. A Carcarosa, a Santa Ana, nunca fuimos y eso que tenían mucha fama. Había para todo el año.  Para bailar estaba el baile en Entrerríos, en la Güeria. Mucha armonía y ”mozes muy guapes”.  No bajábamos mucho a la Veguina. Nuestro límite era San Andrés y nos bastaba.  Había algunas rivalidades, tonterías en realidad. A nosotros nos llamaban los ”cobellos” porque no hablábamos fino. Hoy quieren hablar como nosotros y no saben.  Pero bueno, no pasa de ser también una actitud pueblerina por parte de los que lo decían o pensaban. De todas maneras en la parte alta del valle, en nuestra zona, había de todo para divertir a jóvenes y adultos: el cine de Urbiés y las pistas de Entrerríos y de Urbiés. Para el tiempo libre que teníamos sobraba. Al Cristo bajábamos alguna vez, después de comer en casa de un tío  en Fuexo. Era la gran fiesta, con cachivaches en cantidad y  con muchísima animación. Algo así tan grande no se veía por otros pueblos.

 

CHARO LA MAESTRA Y GELINA

A la escuela fui poco, casi nada. Tampoco me gustaba. A Gelina la conocí desde que nació. Crecimos y fuimos juntos a la escuela de la Llera, la que está en la carretera. Lloviera o nevara había que bajar y los caminos de aquella eran bastante complicados.  Cuando llovía quitábamos les alpargates, a las que a veces poníamos suela, y con ellas amarradas en la mano bajábamos descalzos. Íbamos por la mañana, subíamos a comer y vuelta a la escuela otra vez por la tarde. Los chanclos y les chiruques a nosotros nos llegaron más tarde. Los comprábamos en casa Pin, vigilante en Espinos, que además era tío de mi mujer Gelina. Enedina la mujer de Pin y Tina la madre de Belina era hermanas de la madre de Gelina. Pin era una buena persona y sus hijas Fina y Sara estuvieron en la tienda hasta el retiro y el cierre. Vendían lo que querían. El comercio era también el lugar privilegiado para encontrarse con gente conocida de Pervaca, de Espinos… Los chanclos tenían buena venta porque eran muy prácticos para los pueblos. Unas zapatillas, unos chanclos encima y ya no se tenía miedo al barro. Gelina tiene  una hermana en el Pedreru que aún pone chanclos en vez de madreñes porque son más “amañosos”  y no caen.

Charo, la maestra de la Llera, era buena persona y buena educadora pero dada la composición tan dispar de la clase, cuarenta niños entre siete y dieciséis años, no aprendimos nada. Tengo recuerdos de algunos críos mayores, muy atravesados,  saltando por las ventanas. No la respetaban. ¿Qué podía hacer con aquellos grandullones? Además había otros dos o tres bastante rebeldes y agresivos. Los pequeños, impresionados por todo eso, allí sentados y a cuestas con el a e i  o u … mi mamá me ama , mi papá me ama…. Al final lo único que lográbamos era aprender a sumar y a restar. Gelina sí fue a coser y a bordar hasta los dieciséis.  Con catorce años los hombres a trabajar, casi siempre a la mina,  y las mujeres a costura aunque muchas, como Gelina, también tenían que ayudar a “lindiar les vaques, atender el ganao o ir a yerba”. En mi casa había solo una mujer, los demás,  varones trabajando en Fortuna.

Yo a los trece ya me  manqué con la madera en un tren desde La Molinera hacia Fortuna con mi padre. Cargábamos en los túneles y allí recibí el golpe. Después me dediqué a llevar la comida a mi padre a la Güeria, al Artusu, a San Justo o a ir con las vacas al monte.  O sea que si aprendí algo fue después de trabajar en algunas clases particulares. Pero lo mío ya era trabajar. También seguí clases para capataz pero tampoco me agradaban mucho. Prefería andar con los pájaros. Nada,  que nunca me gustó y que además fui muy poco. Sabía de sobra para lo que necesitaba en la vida.

 

CASADOS Y PARA ABAJO

Nos casamos con veinticuatro años. Mi madre había hecho lo suyo son apenas diecisiete. Nos quedamos una temporada en casa de mis suegros hasta que arreglamos el sótano de una casa que tenía mi madre en el Collau. Un poco más tarde hicimos la casa en la Xamonda con la ayuda de un hermano carpintero.  Construir algo en una zona sin carretera costaba mil sacrificios. Todo el material había que subirlo con burros y aprovechábamos las horas que quedaban después del trabajo. Una actividad muy dura que sin embargo unía a toda la familia.

En realidad vivimos poco tiempo en ella. Terminamos vendiéndola a uno de mis primos para bajar a esta de la Vera’l Camín. Ya pasaron 53 años. Creo que mudamos de casa y de pueblo cuando la hija tenía dos o tres años. Hice casi toda la vida profesional estando ya aquí, más cerca del Grupo Fortuna.

Bajamos para la carretera, como solíamos decir, por acercarme del trabajo y para que nuestros dos  hijos, tenemos hija e hijo, pudieran estudiar. Me enteré que la casa estaba vacía por Pepe Cora que trabajaba también de fogonero. Hablé con la hermana del dueño  e hicimos trato. La construcción estaba muy estropeada, sin cocina, ni agua, ni baño y con el tejado  dañado. Se parecía más a una chabola que a una casa pero nos gustó porque tenía un terreno muy grande, hasta el río. Reparé el techo, puse la comodidad que necesitábamos y sembramos una huerta magnífica. Con los años la  siembra hoy es más bien pequeña. Siembro lo que recojo.

 

TRAGANDO HUMO

Cuando entré en la Empresa, mi padre, Gumersindo Fernández Suárez, ya estaba jubilado como consecuencia de un  accidente en la Rebaldana. Después de su jubilación, el 29 de diciembre de 1939, se dedicó a maderista. Los treinta duros de paga que le quedaban no daban para mucho, menos aún para una familia numerosa como la nuestra. Éramos siete hermanos. Pero bueno en ese cambio de actividad profesional tuvo suerte porque se necesitaba mucha madera para mina Fortuna. Él la compraba por las matas de San Justo, Urbiés o La Güeria.

Era una época en que sobraba el trabajo. Un domingo estando el jefe de vía estrecha   sacando madera con nosotros en la Vegona me dijo: “Güaje mañana vete por la papeleta y  para la vía estrecha”. O sea que al otro día  reconocimiento médico y a trabajar para el Caburnu con catorce años. Así de fácil.

Entré con catorce años. Es más,  el primero de enero cumplí catorce y el   día 14 de febrero ya estaba de telefonista en el Caburnu. En el cambiu del Caburnu, donde el puente. En realidad aquello se llamaba la Corrá pero la Empresa le puso el Caburnu  porque por encima, subiendo cuesta arriba, está el pueblo. Joven adolescente, allí estaba de responsable de tres máquinas y el teléfono. Era donde se cruzaban las tres o cuatro máquinas que estaban en la trinchera. Allí estuve dos años después ya fui de machacante con el vigilante para la Molinera,  hasta los diecinueve. A los diecinueve ya pasé a encendedor en la casa máquinas de Fortuna. Para el encendido éramos dos. Trabajábamos de noche y entrábamos a las doce.  Teníamos algo de libertad porque teníamos que llegar por cuenta nuestra. De Turón subía Jamín del Lleu, el de Lurdes, el gaitero. Tuvimos juntos cinco años, tragando humo pero felices. Había que limpiar las tres máquinas, encenderlas echar leña y carbón, meter el agua y tenerlas preparadas para las siete de la mañana cuando llegaba el maquinista con los coches. A veces dormíamos un par de horas en un banco de madera. Una vez terminado el trabajo a las siete o a las ocho ya quedábamos libres.  A esa hora salían dos máquinas una a las siete y otra a las ocho. Así que una vez terminada la labor,  ya lavados, esperábamos la llegada del maquinista. En realidad no me gustaba ese relevo de noche porque no dormías, tragabas mucho humo y en invierno pasabas bastante frío cuando caían aquellas tremendas nevadas. Pero era la primera etapa por la  que había que pasar para salir a fogonero.

En realidad el trabajo estaba al lado de casa. Así y todo cuando salía del trabajo todavía prolongaba la jornada yendo a por madera para ganar alguna perruca. De aquella mi padre ya había muerto y yo faenaba hasta las cinco de la tarde con un maderista de la Güeria Mieres que se llamaba Antón. Era un ritmo bastante cansado porque volvías a casa a cenar, acostarte un poco y después otra vez a la casa máquinas. Los domingos y festivos marchabas por ahí sin dormir ni nada. Y a la vuelta los lunes tragabas más humo que de costumbre porque las máquinas tiraban mal. Estábamos groguis, enfumados. Unos cuantos años más tarde, en 1958,  pasé a fogonero. Era otra cosa. En las máquinas estaba el trío tradicional, el maquinista, el fogonero y el frenista.

En la maquina teníamos un único relevo: de siete a siete. Pero al lado también había muchas horas extraordinarias, domingos, festivos… En aquellos tiempos, horas las que quisieras. Trabajo efectivamente había bastante y hasta demasiado. Una vez por culpa de una avería en la Rebaldana cerraron casi medio año y mandaron a muchos mineros para la Güeria y para otros grupos. Nosotros aumentamos la producción y el transporte. Hubo que traer una máquina de extracción de Alemania. Si antes tirábamos seiscientos vagones, con el refuerzo de los mineros de Santa Bárbara se tiraban mil. Así fue que ampliaron nuestro horario y hubo que prestar hasta las nueve de la noche.

Cuando bajamos para la Vera’l camin ya era fogonero, pero al poco de bajar paró la trinchera de la Molinera al Arnizu. Al hacer la “carreteruca”, en Entrerríos, quitaron la vía y empezaron a bajar el carbón con camiones. Fue así como pasé para vía ancha. El último tren de aquí lo bajé yo.

 

DE LA MAQUINA AL CAMIÓN

Aquello paró en 1972. Un día en que estábamos quitando la vía en el pozo San José, me llama un telefonista y me dice  que tengo que ir para la vía ancha, para la 120. Bajé y allí estuve otro año y medio o dos. No me gustaba nada porque no había buen ambiente. En la vía estrecha era una romería, estábamos todos como hermanos e íbamos alegres al trabajo. Después cambió todo. Abajo, en vía ancha,  ya me pesaba más.

Una noche reñí con el ingeniero y me acosté a las doce bastante preocupado. Me castigaron mandándome al grupo que llamaban “El Sa” donde iban todos los castigaos. Yo en cambio reconozco que viví como un rey. Como era un manitas, recortaba vagones, soldaba. Hacía de todo. Y así hasta que un día Gaspar el capataz, vecino nuestro de Villandio,  me mandó quedar como palista para meter la madera en la sierra de La Cuadriella remplazando a uno que estaba enfermo. Como me necesitaban acepté pero con la condición de cambiarme de categoría. Dicho y hecho.

Estuve una temporada, hasta que el ingeniero, Don Leandro, se empeñó en que fuese conductor de camiones.  Aunque no me hacía mucha gracia el estar sentado todo el día al volante hice el cursillo y saqué el carné. En principio estaba destinado para la Land Rover pero como era nuevo me echaron para el camión y quedé haciendo el trayecto Rebaldana, San José , Polio, Fortuna, hasta que me retiré. Con los camiones se me daba bien pero también estuve en el taller de reparación aunque  acepté con la condición que cuando faltase un chófer no me mandarían a mí conducirlo.  Me prometieron que así sería y efectivamente allí estuve hasta mi jubilación.  Además del transporte del carbón, también llevaba escombro de la Empresa allí dónde lo solicitaban: a Urbiés para la pista del  polideportivo, para la carretera de Villandio o para allanar Tablao. Fueron miles de camiones.

La mejor etapa, sin lugar a dudas, fue la de maquinista, arriba. Había mucho más respeto. Abajo era otra cosa. Llegó la GAMA y ya no eras nadie.  Arriba para sacarte de la maquina había que sudar. Después cuando las huelgas te mandaban allí donde peor podías estar para que te vieran. Pero no tenías alternativa. Como la trinchera de la Güeria nada mejor. Estuve 25 años y bastante tiempo con el mismo vigilante, Nandul, que era buenísima persona y que no echaba bronca a nadie.  Tengo una retahíla de recuerdos y de anécdotas de esa época de maquinista. Aunque me acuerdo de todo, tengo alguna cosa escrita por si llega el olvido. Donde menos estuve fue en vía ancha, un año o dos, no más,  pero también lo tengo muy presente.

 

RECUERDOS DE ARRIBA

El grupo de la Güeria empieza en la Molinera que es el 1°, el Abeduriu el 2°, después el Cantiquín, les Llanes, Los Canceles …hasta el empalme con el 11 Piñeres. Había tres zonas, les Llanes, el  Cantiquín y los Canceles…. Otra que se llamaba La Llamera…  Había tantos nombres que ya no me acuerdo de todos. Antes bajaban parte del carbón por Piñeres y desde allí a La Cuadriella. Más tarde se enlazó el 11 de Piñeres con la parte de este valle.

El cargadero era el de la Molinera. Allí bajaba todo, hasta la tolva. Las trincheras de arriba funcionaban con mulas. En la parte de abajo hacia La Molinera ya teníamos tractores y una “maquinuca”. En el Abeduriu también había un tractor mientras que en el 41 tenían cuatro mulas y ocho vagones.

Después subieron la Chocolatera de la vía estrecha, buen recuerdo,  para cubrir el trayecto de la Molinera al Abeduriu. Más tarde cuando el grupo de la Güeria empezó a tirar muchísimo carbón hicieron un ramplón y se utilizaron máquina y tractor. Era allí donde pasábamos de categoría, el ascenso de fogoneros y maquinistas. Cuando salías de fogonero o de maquinista tenías que ir para allí o para Piñeres que ya era más complicado.

Fortuna era un pozo-plano que estaba más allá de donde se encuentra hoy el monumento. En este, como a cien metros, había un pozo con una jaula pero más allá,  al final,  estaba el plano que era eléctrico y bajaba a primera. Subía carbón pero después quedó tapado. Cuando traíamos escombro de los lavaderos lo echábamos al pozo y bajaba a Santa Bárbara, para rellenar. Lamentablemente fueron cerrando de arriba abajo. Mi opinión es que mucho ocurrió por el bajo coste del gasoil y por la incapacidad de muchos ingenieros. Había buenos mineros de primera que muchas veces sabían más que los intelectuales. Estos últimos fueron los que certificaron el cierre. Como anécdota de esta ineptitud  me viene a la memoria aquella inundación en el Mosquil que provocó un parón de dos meses. Allí muy cerca había  una escombrera y no muy lejos un reguero. Se advirtió al ingeniero  de la peligrosidad que podía ser para la escombrera en caso de fuerte lluvia. Pues nada, se despreocupó y ocurrió el derrumbe  tapando las oficinas y provocando el paro del Mosquil durante tres meses.

El jefe era Nando Cienfuegos,  el capataz Eugenio Labrante y Don Luis Bertier el ingeniero de vía estrecha, muy buen paisano. Éramos doscientos con ocho máquinas trabajando a diario y seis a dos  relevos. Había camineros, encendedores, equipo de limpieza, repartidores de aceite, brigada de camioneros… sin olvidar los guardagujas, telefonistas, guardabarreras y guardesas, mujeres a las que la empresa había cogido fincas y que colocaba con esa función. Arriba éramos cerca de cien. Los talleres no entraban en la contabilidad de vía estrecha. Teníamos tres máquinas y en cada máquina éramos seis y dos frenistas, tres tíos en cada máquina para cargar los trenes....  Seis máquinas de carbón a dos relevos, dos a la madera, una a materiales y otra a varios. ¡Vaya ajetreo!

La parte de minas que llegaba a San Justo era del grupo Fortuna. Eran todos planos y después hasta el octavo, creo, era todo interior por ramplas. Allí estuvieron mis hermanos frenando y de pinches. Era lo que había: guaje que salía de una casa, de pinche para Fortuna. Había que comer.

 

EL ÚLTIMO VIAJE

En el último viaje en vía estrecha bajamos pitando por todo Turón. La gente asustada lloraba. Es que la vía estrecha llevaba 80 años. Estaba todo muy ligado a nuestra historia minera y aquello anunciaba ya malos presagios. Se cerraba vía estrecha, casi nada. Pitábamos tanto que la gente se preguntaba lo qué ocurría. Me dio mucha pena. El tren de arriba lo bajamos mi cuñado y yo, el último tren de la Molinera. Era un viernes santo.  Parábamos la vía para luego desmontarla.  Teníamos poco tiempo, entre el miércoles santo y el domingo, para quitar la vía y poder echar la carretera. El lunes  el carbón tenía que bajar ya con los camiones.  Allí estábamos todos para quitar la vía. Lo de las máquinas  era un mundo aparte.

 

LA EXPEDICIÓN DEL PAN

Les mujeres  de la Güeria venían en tren al economato de la Vegona y nosotros nos parábamos a charlar con ellas. La gente  de arriba, de la Güeria, de la Faucosa, de les Matielles estaba autorizada a bajar y subir gratis en las máquinas. Montaban en la Molinera y había paradas fijas. Traíamos un coche atrás para la gente y el frenista. Venían hasta de Laviana porque tenían a familiares trabajando en la Güeria y les tocaba el economato de la Vegona. Eso sí que era una aventura porque había que pasar el alto con caballos o burros. Recuerdo en particular a una anciana que no tenía ni caballo ni nada y acudía a menudo al economato o aquellas que venían del Meruxal, primer pueblo muy pasada la Gueria, de donde era mi padre. Como había días en los que el pan llegaba a las cinco de la tarde, recogíamos a las mujeres casi a la noche y aún tenían que volver a casa cerca de Laviana. A veces no alcanzaba el pan para toda la gente que había y se necesitaba hacer dos “fornaes”. Si te tocaba la última entrega,  el volver a casa era una verdadera expedición.

 

EL ÚLTIMO ESCÁNDALO

Aquí sentado en la Vera’l Camín o paseando con Gelina por Fortuna pienso mucho en nuestro valle.  Lo que te impresiona cuando caminas por los pueblos es que no  ves un alma. Esto está muerto y dentro de cinco o seis años cuando se vayan los mayores y con esa juventud que tiene que marchar … ¿qué será de esto?  Lo más cercano para trabajar Oviedo y  Colloto,  en Mieres también hay poco y todo lo cercano parece despoblarse. Hace poco se marcharon unos vecinos jóvenes del barrio. No había futuro y todo quedaba lejos.  No hay niños, no hay relevo en un momento en que la calidad de vida en el valle es mejor. Nosotros, seguramente por razones de edad y de seguridad personal,  pasamos los inviernos en Mieres y en el verano volvemos a subir.

La gente muere y cierran las casas poco a poco. En invierno aquí es un desierto. Nuestra alternativa es o por aquí  o en Castilla con los hijos.  Lo más dramático es que Turón no se supo montar las cosas cuando hubo dinero. Al principio de nuestra historia minera todo para Bilbao, para las fábricas. Salió mucho carbón sí pero también muchísimo dinero.  En Langreo sí que supieron traspasar el trauma de los cierres. Hubo unidad, ideas y creatividad.

En la Rebaldana visitas de verano, unas sesenta y sin beneficio ninguno para el valle. Espinos, más de lo mismo aunque lleva más tiempo abierto y organizado para las visitas. En “les vaques gordes” todo el beneficio para fuera y los dirigentes locales y nosotros mismos sin preocuparnos porque vivíamos bien. Lo de la Cuadriella todo a la quiebra. ¡Un escándalo! Cobraron las subvenciones, los fondos mineros, se aprovecharon  y luego cierre y gente fuera. Me da mucha pena pero quiero pensar que algo cambie. Yo ya no estaré y lo vivido vivido.

Entrevista realizada por Jorge Varela para www.elvalledeturon.net, Turón, junio 2018

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